Urgente: Transformadores en llamas en la Albania Baja
TUXTLA GUTIÉRREZ, Chis., 23 de enero 2026.-En Tuxtla Gutiérrez en una casa modesta, donde el silencio pesa más que el calor, doña Consuelo Niurulú Lara de 63 años de edad, repite cada día el mismo ritual: mira la puerta esperando que su hijo regrese, como si el tiempo pudiera devolvérselo caminando, con su andar conocido y su voz de siempre. Han pasado casi tres años desde que José Alfredo Cruz Niurulú salió de casa y no volvió.
Era 15 de julio de 2022 cuando José Alfredo, de entonces 44 años, fue visto por última vez. Para su madre, aquella tarde no tenía nada de extraordinaria. Pensó que había salido, como tantas otras veces, a entregar garrafones de agua por las colonias, ese oficio humilde que lo hacía conocido entre vecinos y comerciantes. Nunca imaginó que sería el inicio de una espera que aún no termina.
José Alfredo padece esquizofrenia. Requiere tratamiento constante y, al momento de su desaparición, se encontraba automedicado, una condición que mantiene en vilo a su familia, que teme no solo por su paradero, sino por su salud y su vida. En su cuerpo hay señales que podrían ayudar a identificarlo: una cicatriz lineal de cinco centímetros en el brazo derecho y un tatuaje de ancla en el brazo izquierdo. Pero hasta ahora, esas pistas no han sido suficientes para traerlo de vuelta.
Doña Consuelo recuerda que días antes de desaparecer definitivamente, su hijo ya había faltado a casa durante cinco días. Aquella vez logró localizarlo. Pensó que lo peor había pasado. Pero esta vez fue distinto. Las horas se hicieron días, los días semanas, y luego años. Casi cuatro calendarios marcados por la misma pregunta: ¿dónde está?
Un vecino dijo haberlo visto caminando sobre la carretera. La familia salió de inmediato en su búsqueda, recorriendo calles y tramos polvorientos en taxi, preguntando a desconocidos, mirando rostros que se parecían al suyo. Pero José Alfredo no apareció.
Desde entonces, la madre ha tocado puertas institucionales con la esperanza de encontrar respuestas. Denunció su desaparición ante la Fiscalía General del Estado, pero —dice con resignación— lo único que ha recibido son fechas, trámites y promesas sin resultados concretos.
“En la Fiscalía solo nos dan nueva fecha… y hasta ahora, nada”, lamenta.
A casi tres años de su desaparición, Consuelo no baja los brazos. Su voz tiembla, pero no se quiebra cuando hace el llamado que repite una y otra vez, en entrevistas, en redes sociales, en hojas impresas que reparte como pequeños pedazos de esperanza:
“Si lo ven, donde lo vean, por favor avísenme… cualquier dato puede ayudar”.
La búsqueda de José Alfredo no es solo la de una familia, es también la de una ciudad que, entre el ruido cotidiano, guarda historias que duelen en silencio. Cada madre que espera, cada hijo que falta, es una herida abierta en la memoria colectiva.
Hoy, la señora Consuelo Niurulú Lara pide el apoyo de la ciudadanía. Cualquier información, por mínima que parezca, puede ser clave para que su hijo regrese a casa. La colaboración social se vuelve entonces un acto de humanidad: mirar, preguntar, no olvidar.
Porque mientras haya una madre esperando, la historia no está cerrada.




