Maligna autocensura
Erik Avilés
Banalizar es una palabra compleja: Cuando la escuchamos, normalmente la asociamos con "vano"
o "vanidad", entendida como aquello superficial, carente de profundidad o importancia. Pensamos
en lo trivial, en lo que no trasciende. Sin embargo, este primer acercamiento semántico apenas
roza la superficie de un fenómeno mucho más siniestro que estamos viviendo en Michoacán.
La normalización de la violencia es ese proceso perverso mediante el cual eventos extraordinarios
—que deberían sacudir nuestra conciencia colectiva— se convierten en mera estadística. Es el
mecanismo psicológico de defensa que nos permite desayunar un sábado por la mañana mientras
leemos sobre tres cuerpos calcinados, o seguir con nuestras rutinas mientras otra familia
desaparece. La normalización es la anestesia social que nos permite funcionar en medio del
horror.
¿Por qué nos enceguecemos ante la muerte? ¿Por qué, ante cada tragedia, resurge ese mantra
cruel: "andaban en malos pasos"? Psicológicamente, es más fácil aceptar que las víctimas "se lo
buscaron" que enfrentar la verdad aterradora: cualquiera de nosotros puede ser el siguiente. Es la
ilusión de control en un contexto de caos absoluto. Si ellos murieron porque "andaban en algo",
entonces yo estaré a salvo si no lo hago. Es mentira, por supuesto. Pero es reconfortante porque
nos permite dormir por las noches y salir de casa dejando a nuestros hijos solos.
Profundicemos: la etimología de "banal" es muy reveladora, porque banal se refiere a toda
posesión del señor feudal. Es banal un predio, una casa, un granero o una vaca. Lo banal pertenece
al señor, está bajo su dominio absoluto.
Cuando la muerte se banaliza, visto así, es porque los dueños de vidas y haciendas se apropian de
ella; la hacen suya.
Los delincuentes, por supuesto que se benefician del homicidio. Cada asesinato es un mensaje,
cada cuerpo quemado es una advertencia.
Pero los señores feudales que viven del poder gubernamental no son muy diferentes: banalizan la
muerte cuando, desde dependencias oficiales, prometen "colaboración", "abrir carpetas de
investigación" o envían "condolencias". Se apropian de la muerte, hacen suyo el dolor y lo
traducen en vistas, en "me gusta", en legitimidad, en humeante cortinaje para esconder sus
trapacerías y apelar a la amnesia colectiva.
Justo eso es lo que está pasando en Michoacán. Este mes van al menos media docena de masacres
de michoacanos. El esclarecimiento de ellas llega a cuentagotas.
El caso que nos debe indignar
El 15 de enero de 2026, Víctor Manuel Mujica Vega, Anayeli Hernández León y su hija Megan
Eileen, de 12 años, fueron vistos por última vez en la colonia Ex Hacienda La Huerta en Morelia.
Ambos adultos eran ampliamente conocidos por su labor como intérpretes de Lengua de Señas
Mexicana.
El 17 de enero, sus cuerpos calcinados fueron encontrados en el poblado de Ucareo. Durante días,
permanecieron sin identificar en el Servicio Médico Forense. Una familia completa, borrada.
Quemada. Convertida en cenizas.
¿Merecían morir?
El espectáculo que opacó el dolor
Pero he aquí la perversión suprema de la banalización: el 22 de enero de 2026, apenas cinco días
después del hallazgo de los cuerpos de la familia Mujica Hernández, fuerzas federales detuvieron
en Apatzingán a César Alejandro Sepúlveda Arellano, alias 'El Bótox'.
La detención del presunto responsable del asesinato de Bernardo Bravo, líder limonero, y de
extorsiones sistemáticas es, sin duda, importante, pero se convirtió en el show mediático perfecto
para sepultar la tragedia de los Mujica Hernández.
Ahí está la banalización en su expresión más pura: Omar García Harfuch, secretario de Seguridad y
Protección Ciudadana, dio conferencias de prensa detallando la captura. El gobernador Alfredo
Ramírez Bedolla se fotografió con el logro. Los titulares gritaban victoria.
Mientras tanto, Víctor, Anayeli y Megan eran tres cuerpos calcinados que no merecían prime time
porque no eran "noticia vendible".
Los números que evidencian la crisis
El Plan Michoacán sigue sin brindar resultados claros. En las estadísticas, nada ha cambiado
sustancialmente. Michoacán sigue en el top 10 de homicidios dolosos a nivel nacional.
Solamente en enero de 2026, van 66 homicidios dolosos reconocidos oficialmente a la fecha; pero,
al menos 83 que son del dominio público. En los primeros 15 días de 2026, Michoacán encabezó la
lista nacional con 4 policías asesinados.
¿En qué nos estamos convirtiendo como sociedad? ¿Por qué percibimos la muerte tan lejana
cuando está tan cerca? ¿Por qué necesitamos que una víctima sea un "líder limonero" o un
"alcalde" para indignarnos, pero nos encogemos de hombros ante una familia de intérpretes?
Como diría Hannah Arendt al analizar el totalitarismo y la Shoah, se está banalizando el mal. En
Michoacán se está banalizando la muerte.
No es solo que matemos. Es que ya no nos duele. Es que ya no nos sorprende. Es que ya tenemos
la respuesta automática: "andaban en algo". Es que necesitamos el espectáculo de la captura del
villano para sentirnos seguros, aunque mañana haya otro "Bótox" y otra familia calcinada.
La banalización feudal de la muerte significa que los señores —criminales y gubernamentales por
igual— se han apropiado de nuestra capacidad de indignación, de nuestro dolor y de nuestra
memoria. Han convertido cada asesinato en su propiedad: los criminales la usan para aterrorizar;
los gobiernos la usan para justificar presupuestos, planes y "carpetas de investigación" que nunca
se cierran.
Un llamado urgente a la acción
Lo primero que se debe hacer es reconocer la realidad con la mayor honestidad posible y dejar de
banalizar la muerte en la entidad.
Pero reconocer no es suficiente. Necesitamos:




