Analistas políticos que “amanecieron” expertos en fuerzas armadas se han dado gusto en magnificar un supuesto enojo del titular de la Secretaría de la Defensa Nacional, general Luis Cresencio Sandoval con el comandante supremo, el presidente López Obrador.
Es decir, con su jefe directo.
Esto por la orden de “retirarse” en Culiacán.
Yo no lo creo así. El general Sandoval no está enojado con el Presidente. No está en contra de sus órdenes. No tiene problema para obedecerlo. No manda decir que “está enojado”.
Si el general Sandoval estuviese enojado, condicional, sería con los responsables del operativo para detener al hijo del “Chapo” Guzmán. Miembros de la Guardia Nacional que oficialmente no dependen de él. O con los policías ministeriales militares que participaron. Que no llevaban consigo la orden de cateo, que no previeron la colusión de jueces con estos criminales. Que no informaron a tiempo a su superior.
Para enojarse con el Presidente, el secretario Sandoval tuvo lo sucedido en La Huacana, Michoacán, donde soldados tuvieron que entregar sus armas, para proteger a la población civil. Desde el punto de vista estrictamente castrense, esto era mucho más grave. Era lo más cercano a una derrota, a una capitulación. Con el agregado de la devolución de armas para uso exclusivo del Ejército, incluyendo verdaderos cañones, calibre 50.
Ahí sí que hubo un cambio, profundo, en la manera de actuar de los militares. Por orden superior. Y vaya que se necesitó fortalece para obedecer, que el general Sandoval demostró tener el verdadero mando de sus hombres. Ese fue el momento más difícil para los militares. Un parteaguas.
A partir de estos hechos quedó establecido, para ellos militares, que todo había cambiado. Que se había terminado completamente con las ordenes de sexenios anteriores para “exterminar” al enemigo, o sea a los presuntos criminales.
El presidente López Obrador ha sido enfático en esto. No va a dar la orden de disparar si puede haber víctimas civiles. Como dijo Marcelo Ebrard “ya se terminó el tiempo de daños colaterales”.
Es obvio que los soldados tienen armamento y valor para responder a una agresión como la que se vivió en Culiacán. La decisión fue retirarse. Ni siquiera habían formalizado la detención de Ovidio Guzmán. Que, no olvidemos, no es una de las obligaciones militares.
En Culiacán, además, se habían atacado cobardemente las zonas habitacionales militares, se les había disparado a los edificios, y estaban rodeadas de hombres armados que amenazaban con matar a sus ocupantes. De igual forma habían atacado a cuarteles donde únicamente había personal administrativo. Los criminales, también, tenían como rehenes a soldados que venían de regreso de actividades del PLAN DNIII.
El general Luis C. Sandoval es un hombre inteligente, pleno de humanidad, de sensibilidad social, y es obvio que estuvo siempre de acuerdo en proteger tanto a la población como a las familias militares.
Por lo tanto, categóricamente, el general Sandoval no puede estar enojado con una orden presidencial como la que se dio.
Son tiempos muy complicados para los militares. Son tiempos para hacer a un lado el entrenamiento, la misma vocación militar. Así lo decidió el comandante supremo. Así lo asume cada día el general Sandoval, con muy poco espacio para enojarse, siquiera molestarse.
En Culiacán se decidió no responder con capacidad letal, con disparos, a los criminales. Así se decidió, también, en La Huacana, Michoacán. Y así va a seguir ordenando el presidente Andrés Manuel López Obrador.
Había de dos sopas, y la fideos ya se había acabado…
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