Itinerario político
Mexicanos Primero Michoacán, A.C.
Horacio Erik Avilés Martínez*
Hay una herida que atraviesa silenciosamente el sistema educativo mexicano y que Michoacán carga con particular intensidad: la
incapacidad institucional para atender la salud socioemocional de sus estudiantes. Esta herida existía antes de la pandemia, se agravó
durante el confinamiento y persiste hoy con una virulencia que el aparato escolar apenas alcanza a nombrar y que, en la inmensa
mayoría de los planteles del estado, se encuentra muy lejos de poder sanar.
Las generaciones que hoy transitan las aulas de preescolar, primaria, secundaria y bachillerato son las generaciones más expuestas
de la historia reciente a estresores simultáneos de enorme magnitud. Violencia comunitaria, desintegración familiar, pobreza
estructural, hiperestimulación digital, acoso en sus múltiples formas, acceso a contenidos de extrema perturbación emocional y, en
vastas regiones de Michoacán, la convivencia cotidiana con economías criminales que han normalizado la muerte como paisaje son
cargas que millones de niñas, niños y jóvenes llevan al aula cada mañana, sin que el sistema tenga la capacidad de recibirlas con la
seriedad que merecen.
A ese panorama se añade ahora una dimensión que apenas comienza a comprenderse en su verdadera escala: la violencia digital
mediada por inteligencia artificial. Herramientas de generación de imágenes y videos sintéticos han colocado en manos de
adolescentes un poder de daño que antes requería conocimiento especializado. El caso del estudiante del Instituto Politécnico
Nacional que fabricaba imágenes íntimas de sus compañeras mediante inteligencia artificial es una señal de alarma que el sistema
educativo tiene la obligación de descifrar con rigor. La violencia sexual digital, el ciberacoso, la exposición temprana a contenido
hipersexualizado y la producción de materiales manipulados con rostros reales de menores de edad generan traumas completamente
reales, aunque la imagen sea sintética. Y el sistema educativo estatal, en su estado actual, carece de los instrumentos para detectar,
contener y atender ese daño.
El problema central puede formularse con precisión: se exige a la escuela que sea simultáneamente espacio de instrucción, refugio de
contención emocional, red de detección temprana del riesgo y agente de paz territorial; todo lo anterior, sin dotarla de los recursos
humanos, la infraestructura especializada ni el andamiaje institucional que semejante misión requiere. Esa contradicción es la fuente
de la crisis.
Michoacán ocupa una posición particularmente adversa en cualquier radiografía del bienestar socioemocional de su población
estudiantil. El estado registra indicadores de violencia entre los más elevados del país: homicidios dolosos, desplazamiento forzado,
extorsión y presencia de grupos armados en regiones como Tierra Caliente, la costa michoacana, la sierra y zonas periurbanas de
Morelia y Uruapan. Las escuelas en esas geografías operan inmersas en contextos de tensión permanente que dejan huella profunda
en la arquitectura emocional de niñas, niños y jóvenes.
El asesinato de dos maestras ocurrido en Lázaro Cárdenas en marzo de 2026 iluminó esa realidad con una crudeza que el discurso
institucional tardó en procesar. La autoridad educativa lo calificó inicialmente como un hecho puntual. Esa expresión revela,
involuntariamente, la distancia entre la narrativa oficial y la experiencia vivida por las comunidades educativas en territorios de alta
instigación violenta. Para una maestra que imparte clases en Apatzingán, en Huetamo o en Nueva Italia, la violencia dista mucho de
ser un hecho puntual: es el telón de fondo de su jornada laboral cotidiana y eso tiene consecuencias directas sobre su propia salud
mental, así como sobre la atmósfera emocional del aula.
Michoacán presentó en 2020 un rezago educativo de 29.4 por ciento de su población, ubicándose entre los tres estados con mayor
carencia en este indicador según CONEVAL, únicamente detrás de Chiapas y Oaxaca. Esa cifra tiene una dimensión emocional que
pocas veces se menciona: el rezago educativo y el deterioro socioemocional se retroalimentan en un ciclo difícil de interrumpir. Un
estudiante que vive con ansiedad severa, que fue víctima de acoso sostenido o que enfrenta violencia en el hogar tiene una
probabilidad sustancialmente menor de aprender con eficacia, de permanecer en la escuela y de proyectarse hacia el futuro con
esperanza. La salud socioemocional y el derecho a aprender son inseparables, por lo que las políticas que tratan a esos dos derechos
como agendas distintas están condenadas a producir resultados parciales.
El diagnóstico puede formularse con precisión: Michoacán enfrenta una crisis de salud socioemocional estudiantil de carácter
estructural, con manifestaciones agudas en regiones de alta vulnerabilidad, y con una capacidad de respuesta institucional que resulta
insuficiente en términos de cobertura, especialización, territorialización y continuidad presupuestal.
La Secretaría de Educación reportó haber realizado evaluaciones de salud a más de 450 mil estudiantes con componentes
emocionales, y la apertura de un centro especializado en salud mental. Esas acciones merecen reconocimiento. Sin embargo,
presentadas sin ficha metodológica, sin datos de seguimiento y sin información sobre cuántos casos detectados recibieron atención
efectiva, resultan insuficientes como evidencia de política pública robusta. La detección masiva sin capacidad de respuesta clínica
posterior puede generar un daño adicional: visibilizar la vulnerabilidad sin poder contenerla, generar expectativas en estudiantes y
familias que el sistema posteriormente traiciona con su inacción.
El déficit de psicólogos y trabajadores sociales en las escuelas michoacanas es reconocido por la propia autoridad educativa. La razón
especialista-estudiante en el sistema público estatal es desconocida en términos públicos verificables, pero todo indica que se ubica
muy por debajo de los estándares que la Organización Mundial de la Salud recomienda: al menos un psicólogo por cada 500
estudiantes en contextos de alta vulnerabilidad. Con aproximadamente 1.25 millones de estudiantes en el sistema público, la cobertura
real de atención psicológica especializada en planteles dista enormemente de aproximarse a ese parámetro.
A eso se suman los protocolos de atención a situaciones de crisis, cuya existencia formal en documentos institucionales contrasta con
su ausencia operativa en la mayoría de los planteles. Un director de escuela primaria en Coalcomán o una orientadora de
telesecundaria en la Meseta Purépecha que enfrenta hoy un estudiante en crisis severa carece, en la práctica, de una ruta clara,
verificable y respaldada por servicios reales de referencia. Esa brecha entre el protocolo escrito y la capacidad instalada real define
con precisión el estado de la política de salud socioemocional en Michoacán.
Protocolos en papel que carecen de capacidad operativa detrás equivalen a promesas que el Estado sabe de antemano que será
incapaz de cumplir. En materia de salud mental infantil y juvenil, esa promesa incumplida tiene un costo que se paga en abandono
escolar, en violencia reproducida y en vidas truncadas.
Sería injusto afirmar que el sistema parte de cero. Existen recursos, aunque dispersos, desarticulados y sistemáticamente
subutilizados. La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo forma psicólogos, trabajadores sociales, pedagogos y
orientadores educativos que constituyen un capital humano disponible y potencialmente poderoso. Los centros de salud de la
Secretaría de Salud estatal tienen presencia en muchos municipios y podrían articularse con mayor eficacia al sistema escolar
mediante convenios operativos reales. El DIF Michoacán opera programas de atención familiar y cuenta con infraestructura en varias
regiones del estado. Las organizaciones de la sociedad civil con trayectoria en salud mental comunitaria representan un aliado
estratégico que la política pública ha preferido ignorar.
En el plano federal, el Instituto Mexicano del Seguro Social, el ISSSTE y los Centros de Integración Juvenil tienen cobertura territorial
que podría articularse con la agenda de salud mental escolar mediante convenios interinstitucionales sólidos. El modelo de Escuelas
de Tiempo Completo demostró, cuando existió con financiamiento adecuado, que la ampliación del tiempo escolar puede ser un
espacio efectivo para incorporar componentes de bienestar socioemocional.
Existe también el recurso invisible pero profundamente real del magisterio michoacano, cuya mayoría tiene vínculos orgánicos con sus
comunidades, conoce el territorio y es capaz, cuando cuenta con formación y respaldo institucional, de ser el primer y más efectivo
detector de situaciones de riesgo emocional en sus estudiantes. El problema es que ese potencial está siendo desaprovechado
sistemáticamente porque los docentes carecen de formación específica en salud mental, de tiempo curricular destinado a ello y de una
red profesional a la que derivar los casos que detectan. Se les pide que vean sin que se les haya enseñado a mirar, y que actúen sin
que se les haya dado a dónde acudir.
Las consecuencias de mantener el estado actual tienen un costo que ya se está pagando y que se incrementará de manera sostenida
si el Estado continúa respondiendo con declaraciones de sensibilidad sin transformación estructural.
La primera consecuencia es el abandono escolar. Los estudios disponibles sobre deserción en México muestran que las razones
emocionales, familiares y de bienestar psicológico figuran entre los factores más determinantes del abandono en secundaria y media
superior, por encima incluso de las razones económicas puras. Un adolescente que vive con ansiedad severa, que fue víctima de
acoso sostenido, que sufrió un evento traumático o que enfrenta violencia en el hogar tiene una probabilidad sustancialmente mayor
de abandonar la escuela. Michoacán, con sus tasas de abandono ya elevadas, está pagando ese costo en silencio, ciclo tras ciclo.
La segunda consecuencia es la pérdida de aprendizajes. El cerebro bajo estrés crónico aprende menos, retiene con mayor dificultad y
procesa con menor eficacia la información nueva. Una política educativa que ignora la salud emocional de sus estudiantes está
saboteando sus propios resultados académicos sin advertirlo. La crisis de comprensión lectora y de pensamiento matemático que
México exhibe en todas las evaluaciones internacionales tiene causas múltiples, pero entre ellas figura con peso propio el deterioro
socioemocional de millones de niñas y niños que llegan al aula con cargas que el sistema prefiere invisibilizar.
La tercera consecuencia es la reproducción de ciclos de violencia. Los jóvenes que crecen sin herramientas para gestionar sus
emociones, sin modelos de resolución pacífica de conflictos y sin vínculos institucionales que les ofrezcan contención son más
vulnerables al reclutamiento por parte de economías criminales, a ejercer violencia en sus relaciones afectivas y a perpetuar en sus
propios hogares los patrones de daño que recibieron. En Michoacán, con la presión territorial que ejercen los grupos armados sobre la
población joven, desatender la salud socioemocional escolar es una política de riesgo para la seguridad pública, aunque rara vez se
nombre de esa manera.
La cuarta consecuencia, que la era digital hace más urgente que en ningún momento anterior, es la desprotección ante la violencia en
línea. Un adolescente que carece de criterio crítico, que tiene baja autoestima, que desconoce sus derechos digitales y que jamás ha
tenido una conversación institucional sobre consentimiento y privacidad en entornos tecnológicos es un blanco fácil para el ciberacoso,
para la sextorsión y para los perpetradores de violencia sexual digital que utilizan herramientas de inteligencia artificial. La educación
socioemocional y la ciudadanía digital son hoy inseparables: una refuerza a la otra, y la ausencia de ambas deja a los jóvenes
completamente solos frente a amenazas para las cuales sus adultos de referencia tampoco tienen respuestas.
La inacción en materia de salud socioemocional escolar tiene un costo diferido que el Estado prefiere ignorar porque sus
consecuencias se manifiestan fuera del ciclo político: en la adolescencia tardía de quienes hoy son niños, en la adultez de quienes hoy
son adolescentes, en las familias que formarán quienes hoy están siendo abandonados emocionalmente por el sistema que debería
cuidarlos.
Hay una frase que el sistema educativo mexicano repite con frecuencia y que oculta más de lo que revela: la escuela es el mejor
espacio de protección. Esa frase es verdadera únicamente cuando la escuela está dotada para cumplir esa función. Cuando carece de
psicólogos, cuando los protocolos son papel sin capacidad operativa detrás, cuando los docentes están agotados y sin formación
específica, cuando los directivos carecen de rutas claras de actuación, la escuela puede convertirse en un espacio donde el
sufrimiento emocional de los estudiantes pasa inadvertido durante años, con consecuencias que ningún indicador administrativo
alcanza a registrar.
La salud socioemocional de las generaciones en formación es la inversión más rentable que un Estado puede realizar, en términos
humanos, sociales y económicos. Un adolescente que aprende a gestionar sus emociones, que desarrolla empatía, que construye
vínculos sanos y que tiene recursos psicológicos para enfrentar la adversidad es un adulto que aporta más, que reproduce menos
violencia y que requiere menos intervenciones costosas del Estado en el futuro. La lógica de la prevención temprana es
abrumadoramente más eficiente que la lógica de la reparación tardía. Sin embargo, el Estado sigue invirtiendo en lo segundo y
dejando lo primero para las declaraciones de buena voluntad.
La pregunta que da título a este artículo tiene, por ahora, una respuesta que el sistema educativo michoacano prefiere diferir: estamos
lejos de estar preparados. Ese reconocimiento, sin embargo, lejos de ser un motivo de parálisis, debería ser el punto de partida de una
transformación urgente, planificada y con los recursos que la magnitud del desafío exige.
VII. PROPUESTAS DE POLÍTICA PÚBLICA
La primera propuesta es la creación de una Estrategia Estatal de Salud Socioemocional Escolar con presupuesto etiquetado, metas
anuales verificables y evaluación externa independiente. Esta estrategia debe operar de manera descentralizada, con brigadas
regionales de atención psicológica y trabajo social que lleguen a los municipios más alejados, con un sistema de referencia real hacia
los servicios de salud y con un modelo de acompañamiento continuo a los docentes que son la primera línea de detección en el aula.
La segunda propuesta es la articulación interinstitucional obligatoria entre la Secretaría de Educación, la Secretaría de Salud, el DIF
Michoacán y la Universidad Michoacana, con un protocolo unificado de atención a los casos detectados en el entorno escolar. La
fragmentación institucional actual significa que los casos identificados en la escuela se pierden con frecuencia en el trayecto hacia los
servicios de atención. Un sistema articulado evita esa pérdida y garantiza continuidad terapéutica.
La tercera propuesta es la incorporación formal de la ciudadanía digital y la educación para la protección en entornos tecnológicos
como componente curricular obligatorio desde secundaria, con materiales diseñados para el contexto michoacano, formación docente
específica y actualización anual en función de la evolución de las herramientas digitales disponibles. La violencia digital es una forma
de violencia real, y requiere una respuesta educativa de igual envergadura.
La cuarta propuesta es la implementación de un sistema de monitoreo de bienestar estudiantil con indicadores públicos, aplicado con
instrumentos validados, que permita conocer el estado emocional de la población escolar por nivel, región y condición socioeconómica,
y que sirva como base real para la toma de decisiones presupuestales y programáticas. Sin medición sistemática, cualquier política de
salud socioemocional opera a ciegas.
La quinta propuesta es la implementación de un programa de protección específica para el personal docente en zonas de alta violencia
territorial, que incluya acompañamiento psicológico sostenido, análisis de riesgo georreferenciado, rutas de traslado seguro y
mecanismos ágiles de coordinación con las autoridades de seguridad pública. Un maestro que vive con miedo enseña desde el miedo.
Un maestro acompañado enseña desde la fortaleza.
Michoacán tiene la oportunidad y la obligación de construir un sistema educativo que cuide a sus estudiantes por dentro y por fuera:
que los proteja del rezago y también del dolor, que los forme para aprender y también para vivir, que los acompañe en el aula y
también en los trayectos difíciles de una adolescencia atravesada por violencias que el siglo anterior apenas anticipaba.
Ese sistema existe hoy en la imaginación de muchas maestras y muchos maestros que llevan años sosteniéndolo con vocación y sin
los recursos suficientes. Convertirlo en realidad institucional depende de decisiones políticas concretas, de presupuesto etiquetado, de
estructura operativa, de personal formado, de metas con plazos y de voluntad real de rendir cuentas ante la ciudadanía.
La salud socioemocional de las generaciones en formación es una urgencia que Michoacán tiene la capacidad material de atender. La
pregunta que queda sobre la mesa, y que este artículo lanza al debate público con toda la fuerza de la evidencia disponible, es si el
Estado michoacano tiene también la voluntad política de hacerlo.
Las niñas, los niños y los jóvenes de este estado llevan demasiado tiempo esperando una respuesta institucional que esté a la altura
de su dolor. Y el tiempo que el Estado tarda en construirla es tiempo que ellos pagan con su bienestar, con su aprendizaje y, en
demasiados casos, con su futuro.
Sus comentarios son bienvenidos en [email protected] y en X en @Erik_Aviles
Visita nuestro portal electrónico oficial: www.mexicanosprimeromichoacan.org
*Doctor en ciencias del desarrollo regional y director fundador de Mexicanos Primero capítulo




