Grecia Quiroz: en esta lucha solo hay 3 caminos, muerte, cárcel y éxito
FORJAR ARADOS DE LAS ESPADAS
DOMINGO DE ADVIENTO
+Mons. Enrique Díaz
Obispo Auxiliar
Diócesis de San Cristóbal de Las Casas
Isaías 2, 1-5: De las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas
Salmo 121: Vayamos con alegría al encuentro del Señor
Romanos 13, 11-14: Ya está cerca nuestra salvación
San Mateo 24, 37-44: Velen y estén preparados
Ahora que ha explotado toda la podredumbre de la violencia, de los narcos y la corrupción en muchos de nuestros estados, todo mundo grita a voz en cuello diciendo que no es posible vivir en la indiferencia, que se tiene que hacer algo y que todos estamos comprometidos en buscar soluciones pero resultan más palabras que acciones. Ya hace muchos años cuando comprobábamos cómo los jóvenes se unían en pandillas para consumir y vender marihuana, se alzaron muchas voces, pero nadie hizo nada. Las quejas de los padres de familia sobre la corrupción en las escuelas y en los negocios, se hacían evidentes, pero se les daba carpetazo. La siembra de la droga, aun en familias muy honorables o en personas sencillas que encontraban un modo de salir de deudas, se tomaba como excepciones y se permitía silenciosamente. Poco a poco como una mancha se fue extendiendo la corrupción y no importaba dar una mordida por aquí, hacerse de la vista gorda por allá. ¿Para qué meterse en problemas?, respondían aquellos a quienes cuestionábamos estas actitudes. Hoy a muchos les parece todo perdido pero también hoy necesitamos actuar con energía, con verdad y con esperanza.
San Pablo parece tomar seriamente la situación actual y nos dice con toda claridad: Tomen en cuenta el momento en que vivimos. Ya es hora de que despierten del sueño Desechemos las obras de las tinieblas y vistámonos con las armas de la luz. Es el grito de Adviento en un tiempo de urgencia. Es cierto, la situación es apremiante pero muchos no hemos asumido nuestras responsabilidades: autoridades, educadores, sistema de justicia y medios de comunicación. Muchas veces se tiene miedo, pero el temor y la apatía sólo empeoran las cosas. Si reconocemos que hay cosas injustas, ¿por qué seguimos esperando? El Evangelio nos exige prontitud para buscar la justicia. Urge una decisión inmediata y no prolongar más las indecisiones y las indiferencias. Hemos caído en la tentación de posponer soluciones porque muchas veces son dolorosas, comprometen y exigen verdad; así, nos quedamos esperando que las dificultades se disuelvan por sí solas, que las tensiones se calmen y que las injusticias desaparezcan.
Quizás alguna vez convenga dar un respiro y esperar que el tiempo sane las heridas, pero cuando se trata de situaciones tan graves, los problemas van creciendo y se van enquistando y penetrando tan profundo que después duele más el extirparlos. La lentitud en las decisiones sería solamente para tomar un tiempo de reflexión y para evitar soluciones instintivas y apresuradas, pero jamás para rehuir responsabilidades o aplazar negligentemente las soluciones. Es el primer domingo de Adviento y resuena el grito de urgencia desde los profetas antiguos hasta la voz de Jesús para poner en vela y dejarse iluminar por la verdad del Señor. ¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor!, grita esperanzado el profeta Isaías en la primera lectura. Despierten del sueño, nos exige San Pablo en su carta a los Romanos. Velen y estén preparados, amonesta Jesús a sus discípulos en el Evangelio. Vayamos con alegría a la casa del Señor, repetimos en el salmo. Es urgencia ponerse en movimiento, toda una esperanza y una ilusión que contagian. Eso es el Adviento. No nos engañemos: no estamos esperando esa navidad que se reduce a lucecitas y músicas celestiales; ni estamos esperando a que el último día, cual ladrón nos caiga encima, sorprendiéndonos desprevenidos y entre más tarde mejor. No, eso no es el Adviento. Ciertamente es tiempo de espera, pero esperar no significa sentarse a que venga fatalmente nuestro destino; sino un activo tender hacia, moverse, procurar, hacer que llegue. Lo que implica la capacidad y el deseo de despertarse y la decisión de ponerse en camino. Y hoy más que nunca urge actuar y dejarse iluminar por la luz del Señor.
Es iluminador el profeta Isaías cuando propone que de espadas forjemos arados y de las lanzas podaderas. Muy sabio su consejo y muy práctico a la hora de enfrentarnos a la vida. Hay quien de una dificultad sabe sacar un beneficio, de un accidente una enseñanza y de una deficiencia, una ventaja. De esta situación crítica tendremos que hacer un tiempo de gracia para crecer en responsabilidad, en dinamismo y en esperanza. La situación de oscuridad nos hará ver más clara la luz. Con su lenguaje simbólico Isaías nos da el tono fundamental del Adviento: el futuro, que es de por si el lugar de lo incierto, desconocido y nos produce temor, es presentado como una visión gloriosa de la ciudad sobre el monte donde reina Dios y a donde todos los pueblos acuden en busca de una paz idílica. El futuro pierde su angustia y desde Dios se convierte en esperanza. Esta es la llamada fundamental del Adviento: llega Dios y el hombre liberado del miedo, tiene derecho a esperar.
Hoy Cristo nos urge a tomar el momento presente como un tiempo de gracia. No dejarlo pasar, sin antes prestarle toda la atención. Adviento es este tiempo donde podemos soñar con un mundo diferente, porque cuando Dios se acerca al hombre (o quizás deberíamos decir cuando el hombre deja que Dios se le acerque) todos los sueños son posibles. Quizás nos parezcan duras y amenazantes las palabras de Jesús, pero no se pueden leer fuera de todo el contexto de salvación y de liberación que Él nos viene a traer. Para este inicio del Adviento las exhortaciones de San Pablo se convierten en preguntas acuciantes que debemos responder: ¿Qué o quiénes hacen que estemos dormidos? ¿Qué obras de tinieblas nos impiden ver la luz? ¿Cómo debe ser el comportamiento de quien camina hacia la luz?
Señor Jesús, que llegas como luz a iluminar nuestros senderos, concédenos la valentía para afrontar nuestros problemas y despierta en nosotros la esperanza que nos aliente a comprometernos en la construcción de un mundo de paz y de justicia. Amén.




