Morena no se puede gobernar

El partido en el poder tiene dos presidentes porque Bertha Luján, presidenta del Consejo, le dio “golpe de Estado” a Yeidckol Polevisnky, presidenta del CEN, nombraron como presidente interino a Alfonso Ramírez Cuéllar, y la presidenta depuesta acudirá al Tribunal Electoral para ratificar la ilegalidad del Congreso que la derrocó.

¿Qué tal?

No pueden gobernarse a sí mismos, lo que explica por qué tampoco pueden gobernar al país.


Unos apuntan a destruir el IFE, el Tribunal Electoral, el Estado de derecho, y otros pierden el tiempo en rifas del avión presidencial, pelearse con los médicos, hacer añicos el sistema de salud, y tiran la economía del país a crecimiento bajo cero.

En el gobierno unos prometen apertura energética, otros cerrazón a la iniciativa privada. Dicen que van a continuar con el aeropuerto y días después los desmienten del propio Ejecutivo.

Las máximas autoridades invitan a los migrantes centroamericanos a venir a México para darles viaje todo pagado a la frontera norte, y otras máximas autoridades mandan a soldados y a la Guardia Nacional a apresarlos en el río Suichate, y también se mandan tropas a fortalecer el muro de Trump.

Morena es el fiel reflejo del gobierno, que tiene habilidad y vocación para destruir y está incapacitado para construir.

El problema de Morena es que su élite en realidad es una partida de fanáticos e intolerantes que no entienden de civilidad, de democracia, sino que viven en el pleito eterno.

Ese partido debió tener elecciones el año pasado y renovar su dirigencia, pero no pudo porque en las asambleas hubo pleitos físicos, sillazos, artefactos explosivos, balazos, heridos, candidatos excluidos del padrón, y debieron acudir el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación para que les ayude a gobernarse.

El Tribunales dijo que no podían citar al Congreso, y por supuesto que una de las tribus sí lo hizo, y aprovechó la ocasión para destituir –en ausencia- a la presidenta del partido y seis integrantes más del Comité Nacional.

Analistas dicen que lo anterior sucede porque el Presidente de la República “no ha intervenido” en la vida interna del partido. Sí, cómo no.

En la turbulenta tarde del domingo, la presidenta del Consejo Nacional, Bertha Luján, dijo: “Hubo por ahí un árbitro que nos sentó (a ella y a Yeidckol) a la mesa y ahí salió un acuerdo de unidad para emitir una sola convocatoria, firmada por ambas, y quedaban sin efecto los congresos emitidos por el CEN y el Consejo, y convocar a uno solo para atender la sentencia del Tribunal” (nota de Enrique Méndez, La Jornada de este lunes).

¿Quién ese poderoso árbitro que las convocó y las sentó a las dos? El único con autoridad para hacerlo es ya sabemos quién.

El Presidente opera, y apoya a la corriente de Luján porque Yeidckol desde hace rato cayó de su gracia. Basta ver a sus medios afines, sus cartonistas militantes y alfiles en radio, en columnas y en redes sociales, para saber de qué lado está el poder.

La maquinaria de propaganda oficialista está cargada del lado de Luján y descuartiza a Polevnsky, lo cual, dicho sea de paso, nos tiene sin cuidado.

Para su Congreso del fin de semana pasada dicen que tuvieron quórum porque se acreditó la asistencia de mil 310 congresistas, de “alrededor de dos mil 600” consejeros nacionales. Ilegal por donde se vea.

Por supuesto, Ramírez Cuéllar fue electo presidente del CEN con el cien por ciento de los votos. Una banda hizo el Congreso, dejó fuera a la otra banda, y ganó por unanimidad.

El pleito irá al Tribunal, al que siempre han despreciado por ser “un tentáculo de la mafia del poder” (cuando no les da la razón).

Así es Morena. Una camarilla de fanáticos e intolerantes que no se pueden gobernar en su propio partido, donde supuestamente comparten ideología, principios e ideales.

Por eso, también, el país tiene las prioridades de cabeza. Porque nos gobiernan ellos.