Las juventudes michoacanas en el informe
Horacio Erik Avilés Martínez*
Aunada a la situación en que se encuentra el sistema educativo, una tragedia adicional que guarda la evaluación
educativa en nuestra nación es que sabemos perfectamente qué hacer sin avanzar hacia los objetivos.
Si México decidiera tomar en serio estos resultados alarmantes, es decir, si hubiera voluntad política real podrían
diseñarse intervenciones pedagógicas focalizadas en las escuelas y regiones con mayores deficiencias, asignando
recursos y acompañamiento especializado donde más se necesita.
Pero, paralelamente a la intervención pedagógica o implementación de programas de recuperación, es necesario
restablecer los cimientos: un sistema de evaluación que merezca ese nombre. Sin diagnóstico confiable no hay
tratamiento posible. Sin medición objetiva no hay mejora continua verificable alguna. Sin rendición de cuentas no hay
transformación real.
Primera emergencia: reinstalar la evaluación externa e independiente
La reinstalación inmediata de un sistema de evaluación externo, independiente del gobierno en turno y técnicamente
sólido es prerrequisito fundamental para cualquier política educativa seria. Sin esto, cualquier estrategia es pura
navegación ciega, improvisación disfrazada de planeación, simulación institucionalizada.
Este sistema debe cumplir con características innegociables:
Primero, autonomía constitucional plena: un organismo con presupuesto propio, protegido de interferencias políticas,
dirigido por un consejo técnico integrado por académicos de reconocido prestigio en evaluación educativa, nombrados
mediante procedimientos transparentes y con periodos de gestión que trasciendan los sexenios. La evaluación educativa
no puede estar sujeta a los vaivenes políticos ni a las conveniencias ideológicas del gobierno en turno.
Segundo, instrumentos estandarizados con rigor metodológico: pruebas diseñadas por expertos, validadas
estadísticamente, con representatividad muestral que permita comparaciones válidas entre estados, municipios y
escuelas. Evaluaciones que midan no solo conocimientos memorizados, sino competencias aplicadas, pensamiento
crítico o capacidad de resolución de problemas. Instrumentos que evolucionen con base en la investigación educativa
internacional más avanzada, pero adaptados a nuestra realidad nacional.
Tercero, aplicación censal o cuasi-censal: no podemos seguir tomando decisiones sobre el futuro de millones con base
en muestras insuficientes o autoevaluaciones sesgadas. Se requiere información completa y verificable que nos permita
identificar con precisión dónde están los problemas. Cada estudiante, escuela y comunidad merecen ser vistas,
evaluadas y atendidas.
Cuarto, periodicidad sistemática: evaluaciones anuales que permitan dar seguimiento a la evolución del aprendizaje,
identificar tendencias, medir el impacto de las intervenciones implementadas, de preferencia, tanto al inicio como al
cierre del ciclo escolar. La educación no cambia de un día para otro, pero sin mediciones continuas no podemos saber si
avanzamos, retrocedemos o simplemente giramos en círculos.
Quinto, transparencia radical en resultados: publicación completa, oportuna y accesible de todos los datos, desglosados
por múltiples variables: estado, municipio, escuela, grado, campo formativo, contexto socioeconómico. Se requieren
bases de datos abiertas que permitan a investigadores, periodistas, organizaciones civiles y ciudadanos analizar la
información, identificar patrones y exigir cuentas. La opacidad es cómplice directa del fracaso, el secretismo es el refugio
de la mediocridad institucionalizada.
Segunda emergencia: terminar con la autoevaluación docente como mecanismo único
El fin definitivo de la autoevaluación docente como único mecanismo de medición es un acto de coherencia institucional
elemental, jamás debe ser entendida como un ataque a los trabajadores de la educación. El conflicto de interés es tan
evidente, estructural e insalvable que mantenerlo constituye un acto de irresponsabilidad hacia las futuras
generaciones.
Los docentes son profesionales comprometidos que merecen respeto y apoyo, pero ningún profesional en ningún
campo puede ser simultáneamente ejecutor y evaluador único de su propio desempeño. Los médicos no diagnostican
sus propias cirugías, los auditores no certifican sus propias auditorías ni tampoco las políticas públicas las debe de
evaluar el mismo funcionario. ¿Por qué habríamos de presionar a los maestros para que sean juez y parte en la
evaluación de sus estudiantes?
Esto no significa eliminar completamente la evaluación formativa que realizan los docentes en el aula. Esa evaluación
cotidiana, cercana y contextualizada sigue siendo fundamental para la mejora continua del aprendizaje. Pero debe
complementarse, balancearse y verificarse con evaluaciones externas que proporcionen puntos de referencia objetivos,
que permitan comparaciones válidas, que identifiquen sesgos o desviaciones, sin aristas punitivas.
La propuesta es establecer un sistema dual de evaluación: evaluación formativa continua, predominantemente
cualitativa, a cargo de los docentes, complementada con evaluaciones estandarizadas externas en momentos clave de la
trayectoria escolar. Ambas son necesarias, ambas son valiosas, ninguna puede sustituir completamente a la otra. La
evaluación formativa informa la práctica pedagógica diaria; la evaluación externa proporciona rendición de cuentas y
comparabilidad.
Tercera emergencia: transparencia absoluta en la publicación de resultados
Debe darse la publicación transparente, accesible y periódica de todos los resultados de evaluación, desglosados por
estado, municipio, escuela y grupo. No basta con que existan evaluaciones si sus resultados se ocultan, se manipulan o
se presentan de manera agregada que impide identificar problemas específicos.
Los resultados deben publicarse en formatos múltiples y accesibles: reportes técnicos completos para especialistas,
síntesis ejecutivas para tomadores de decisiones, materiales didácticos para padres de familia y visualizaciones
interactivas para ciudadanos. Cada audiencia necesita información relevante presentada de manera comprensible.
Las escuelas deben recibir reportes detallados que les permitan identificar sus fortalezas y debilidades específicas,
compararlas con escuelas similares en contexto socioeconómico y diseñar planes de mejora focalizados. Los padres de
familia deben recibir información clara sobre el nivel de aprendizaje real de sus hijos, sin eufemismos ni simulaciones,
con orientaciones concretas sobre cómo apoyarlos.
Los resultados deben contextualizarse adecuadamente: no es lo mismo una escuela urbana con recursos abundantes
que una escuela rural multigrado con infraestructura precaria. Las comparaciones deben considerar el valor agregado, el
progreso logrado considerando el punto de partida, no solo los resultados absolutos. Pero contextualizar no significa
ocultar o relativizar hasta el punto de la irrelevancia.
La publicación debe incluir análisis desagregados por variables críticas: género, condición de pobreza, lengua materna,
condición de discapacidad, entre muchas otras. La evaluación debe servir para identificar y combatir las brechas de
desigualdad, no para perpetuarlas bajo el manto del silencio estadístico.
Cuarta emergencia: un plan nacional de rescate educativo integral
Un plan nacional de rescate educativo de emergencia con metas claras y verificables, plazos definidos y cumplibles,
presupuesto etiquetado y protegido, y consecuencias reales por incumplimiento. Este plan debe articularse en múltiples
niveles de intervención simultánea.
Intervención inmediata en escuelas críticas: identificar las escuelas con peores resultados y proporcionarles apoyo
intensivo durante al menos cinco años: recursos materiales adicionales, acompañamiento pedagógico especializado,
reducción de carga administrativa, formación docente continua en sitio, infraestructura mejorada. Se debe de
documentar rigurosamente qué funciona para replicarlo sistemáticamente y también contar con un plan de desescalada,
en donde las comunidades escolares generen capacidades propias.
Programas de recuperación de aprendizajes: implementar tutorías intensivas en matemáticas y lectura para estudiantes
que muestran rezagos de dos o más grados. Aprovechar las tardes, los sábados y los periodos vacacionales. Se necesita
incorporar tutores especializados, capacitar estudiantes universitarios de pedagogía e involucrar a la comunidad
educativa. No podemos seguir pasando de grado a estudiantes que no tienen las bases necesarias sin hacer nada para
remediar esos déficits.
Sistemas de alerta temprana: establecer mecanismos que identifiquen a estudiantes en riesgo desde el primer grado de
primaria. Indicadores claros de advertencia: ausentismo recurrente, bajo rendimiento sostenido, problemas de conducta
y dificultades específicas de aprendizaje. Debe de haber intervención oportuna antes de que los problemas se vuelvan
insalvables y, con ello evitar que los estudiantes lleguen a secundaria o bachillerato arrastrando déficits acumulados
durante años.
Reformulación de la formación docente inicial y continua: los resultados de las evaluaciones deben informar
directamente los planes de formación. Si los estudiantes muestran rezago sistemático en pensamiento científico, los
maestros probablemente necesitan formación continua intensiva en didáctica de las ciencias. Si fallan en comprensión
lectora, necesitarían estrategias actualizadas de enseñanza de la lectura. La formación docente no puede seguir siendo
genérica, descontextualizada, ni tampoco desvinculada de las necesidades reales del aula.
Crear bancos nacionales de mejores prácticas pedagógicas: identificar sistemáticamente qué escuelas y docentes están
logrando mejores resultados contra viento y marea, documentar sus estrategias exitosas, analizar qué hacen diferente y
crear mecanismos efectivos para replicar esas prácticas. No se trata de imponer recetas uniformes, sino de facilitar el
aprendizaje horizontal entre profesionales de la educación.
Reasignación presupuestal basada en evidencia: dirigir más recursos a las escuelas con peores resultados en lugar de
distribuirlos de manera uniforme como si todas las realidades fueran iguales. Se deben de construir presupuestos
diferenciados que reconozcan que lograr aprendizajes en contextos de alta marginación requiere de más inversión, no
menos. Debe haber recursos etiquetados que no puedan desviarse hacia otros fines sexenales.
Establecer metas claras y medibles de mejora para cada escuela: no debe de haber metas imposibles que generen
desesperanza, ni tampoco metas tan bajas que no exijan mayor esfuerzo. Se requieren metas realistas pero ambiciosas,
con seguimiento trimestral riguroso y apoyo continuo para alcanzarlas, con consecuencias claras tanto por éxitos
sostenidos como por fracasos reiterados sin justificación.
Quinta emergencia: participación efectiva de expertos y comunidad educativa
Participación efectiva de expertos educativos genuinos en el diseño e implementación de las políticas públicas, más allá
de consideraciones partidistas, más allá de lealtades políticas, más allá de simulaciones burocráticas.
Crear consejos técnicos consultivos integrados por investigadores educativos de prestigio, representantes del
magisterio comprometidos con la calidad y la excelencia educativas, por organizaciones de la sociedad civil
especializadas en educación y académicos de talla nacional e internacional. Estos consejos deben tener voz real en las
decisiones fundamentales, no ser meros adornos decorativos para legitimar decisiones ya tomadas.
Involucrar a las familias de manera verdaderamente informada: comunicarles con claridad y honestidad el nivel real de
aprendizaje de sus hijos y las formas concretas en que pueden apoyarlos. Debe de haber sesiones informativas en las
escuelas, materiales didácticos accesibles y talleres de acompañamiento. Las familias son aliadas fundamentales que
frecuentemente quieren ayudar, pero no saben cómo.
Especialmente, se debe de proveer a los docentes de materiales educativos específicos que atiendan las deficiencias
detectadas en cada campo formativo. Si los estudiantes no comprenden conceptos científicos básicos, necesitamos
libros de texto mejores, recursos digitales innovadores, experimentos accesibles y explicaciones más claras. Los
materiales educativos no pueden seguir produciéndose sin considerar qué están aprendiendo realmente los estudiantes.
Es imperativo generar un diálogo nacional genuino sobre la constitucional excelencia educativa: foros en cada estado
donde académicos, docentes, padres de familia y sociedad civil discutan abierta y honestamente qué tipo de educación
queremos, necesitamos y merecemos como país. No simulacros de consulta con resultados predeterminados, sino
conversaciones reales donde todas las voces sean escuchadas y consideradas.
Y, con ello, un ágora permanente, consejos ciudadanos que sesionen periódicamente y en donde se dialogue, se
proponga y se mejore continuamente el sistema educativo nacional, para que quien tenga una opinión, una propuesta y
una recomendación pueda externarla pertinentemente y sea tomada en cuenta.
Los resultados están expuestos, gritando una verdad profundamente incómoda. La pregunta no es si México tiene una
crisis educativa —la tiene, profunda, estructural y creciente—. La pregunta verdadera, la pregunta que nos define como
sociedad es: ¿tendremos el valor colectivo de reconocerla con honestidad, medirla con rigor, y actuar en consecuencia
con la urgencia que demanda desde el poder gubernamental?
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*Doctor en ciencias del desarrollo regional y director fundador de Mexicanos




