Nada Personal
Son muchas las dificultades que encara Morena; en esta etapa, de orden interno, transitar con unidad la decisión más complicada de todo partido político, la selección de candidatos. Para un partido en el poder y en percepción de los propios, con amplias posibilidades de prevalecer, ser candidato es casi tanto como ganar el cargo. Desde luego, la situación no es igual en cada Estado; hay cuatro en los que es muy difícil que Morena supere al partido que gobierna: Aguascalientes, Nuevo León, Querétaro y San Luis Potosí. Chihuahua muestra un cuadro diferente; Morena se ha equivocado desde que la presidenta Sheinbaum la emprendió contra la gobernadora Maru Campos; las posibilidades de ganar se han reducido, a la vez que el PAN y el PRI han resuelto cerrar filas con un buen candidato, Marco Bonilla.
No fue una semana venturosa para Morena. La unidad no siempre se ha presentado, aunque hay casos en los que la rebelión interna difícilmente comprometería el triunfo; además, quienes no fueron favorecidos no tienen a donde ir. El mismo PT lo reconoce y en pleno chantaje le dice a Morena, que si se van por su cuenta no ganarían, pero podrían significar la diferencia.
El problema mayor debiera ser la sanción del INE a todos los seleccionados por actos anticipados de campaña y a los partidos por desentenderse de los tiempos en la ley. No será así y lo que empieza mal, así acabará. No hay legalidad, tampoco quien la haga valer. Pero esa no es la dificultad mayor de Morena.
El problema más serio no es propio, ni deriva de la contienda, toda vez que la oposición todavía no ha presentado candidatos. Lo más serio viene de fuera y, por lo mismo, sin control. Los acontecimientos de la semana muestran el peso de la incertidumbre. Morena deja atrás dos ejes de su fortaleza: López Obrador, quien ya no es el factor de seducción popular y la narrativa que le hizo llegar al poder y ratificarse en 2024.
El desplante reciente del expresidente al recrear la polarización se le volvió en contra. Cierto que el descontento persiste y quizá ahora mayor que en el pasado. El problema, es que el obradorismo forma parte de lo que se repudia. La magia de López Obrador se limita a los propios, a los que siempre estarán en la causa y eso vale e importa, pero insuficiente para ganar elecciones, más si se repiten escenarios de elevada participación, como en la última elección local, la de Coahuila, que aumentó en 20 puntos respecto al promedio para ese tipo de contienda.
La narrativa y López Obrador se han precipitado en el descrédito; los escándalos de venalidad en su círculo cercano, propiamente, Andrés López Beltrán, dan en la línea de flotación. No sólo eso, la recurrente evidencia de connivencia de sus gobernantes con el crimen organizado se confirma más allá de las revelaciones periodísticas de acreditados medios de EU o las hostiles declaraciones de funcionarios de dicho país. El arresto del presidente municipal de Juchitán, Miguel Sánchez Altamirano, confirma el señalamiento de narcogobierno, donde autoridades son brazo de la organización criminal. La base territorial del gobernador Salomón Jara está justo esa región. Imposible que no estuviera de alguna manera implicado, realidad que significa que el modelo Rocha Moya con el cártel de Sinaloa no sea excepción. La detención del alcalde de Tequila y el homicidio de Carlos Manzo en Uruapan, confirman que algo está podrido en el tejido político del país. Encomiable la operación enjambre, pero se requiere hacer mucho más.
Aunque la presidenta Sheinbaum goza de un buen nivel de aceptación y se le percibe ajena a la descomposición en curso, no puede reemplazar el vacío que deja López Obrador porque el liderazgo carismático no se transmite. Además, requeriría de un grupo propio del que carece en el partido, el Congreso y en el gobierno; especialmente, autonomía del referente en desgracia, decisión para ella inaceptable.
Lo que viene en todos los frentes complica el punto de partida con el que inicia Morena la elección intermedia. El mayor problema, que casi nadie advierte es que la disputa política ha quedado fuera del marco de la civilidad propia de las elecciones. Al abandonar la legalidad y la institucionalidad, la lucha por el poder tiene lugar fuera de los cauces de la política y del Estado democrático, problema mayor del proyecto político en el poder.




