Itinerario político
Neurociencia no es amor.
Por Ivette Estrada.
La brujería no está extinta, sólo que las pócimas y artilugios cambian radicalmente y hoy
se apela a la neurociencia como “herramienta para enamorar”.
En redes sociales se repiten fórmulas como: “Activa su dopamina con estos mensajes”,
“Haz que te extrañe usando neurociencia” o “Trucos para liberar oxitocina y crear apego”
Es una mezcla de psicología popular, marketing emocional y una lectura superficial de la
biología. No es neurociencia: es neuro-magia. La promesa es la misma que las pócimas
medievales, solo que ahora con bata blanca.
En tales tendencias los límites lógicos desaparecen. Por que existen, y a partir de ellos
deben generarse construcciones. Así, debe establecerse que no se puede crear amor
donde no lo hay. Las hormonas pueden modular estados como placer, calma o atracción,
pero no fabrican vínculo, historia ni deseo genuino.
También debe considerarse que no puede controlarse la voluntad del otro. No existe un
“hack” para manipular sentimientos sin que la persona participe activamente. Tampoco se
puede sustituir la ética relacional. El amor no es un experimento. Entonces, no es legítimo
usar conocimiento biológico para inducir dependencia, apego o confusión.
Y algo más: no puede reducir el amor a química. Hay historia, lenguaje, memoria,
imaginación, ética, deseo, narrativa.
Usar estrategias neurobiológicas para influir en alguien sin que lo sepa es una forma de
coerción emocional. Si se usan herramientas de bienestar como respiración, regulación
emocional o presencia, deben presentarse como lo que son: prácticas para mejorar la
relación, no para manipularla.
La neurociencia debe servir para comprendernos, regularnos y comunicarnos mejor.
Nunca para obtener ventaja.
El amor no puede convertirse en un algoritmo de estímulos y respuestas. Eso
deshumaniza a ambos.
En nuestra era pasamos del brebaje medieval al “hack” neurocientífico, es la misma
industria, aunque con un distinto disfraz. La industria del amor siempre ha buscado
fórmulas para controlar lo incontrolable.
Antes eran amuletos, hechizos, perfumes, cartas rituales…Hoy son dopamina, oxitocina,
serotonina y “trucos psicológicos”. La lógica en ambos es idéntica: convertir el amor en un
producto manipulable. Pero el amor, como fenómeno humano, resiste esa reducción.
Asumir que se puede forzar un vínculo es peligrosos porque promueve relaciones
basadas en estrategia, no en autenticidad. También normaliza la manipulación emocional
como “ciencia” y convierte el amor en un mercado de técnicas mientras refuerza la idea
de que el otro es un objeto al que se puede manipular. Reduce la complejidad humana en
química instantánea.
Toda esa alquimia emocional sin responsabilidad




