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ACAPULCO, Gro., 25 de septiembre de 2025.- El cardiólogo Antonio Jordán Ríos advirtió que la pobreza y las condiciones de vida en la región sur-sureste del país están directamente relacionadas con peores desenlaces en la salud cardiovascular.
Durante el webinar convocado por la Asociación Mexicana de Cardiología en las actividades por el Día Mundial del Corazón, el especialista explicó que mientras las grandes urbes del norte y centro reúnen las tasas más altas de hipertensión, como Monterrey, Ciudad de México y Guadalajara, en los estados del centro, sur y sureste, incluido Guerrero, prevalece una mayor carga de casos de diabetes y alteraciones en glucosa, asociadas a los hábitos alimenticios y al alto consumo de bebidas azucaradas.
A pregunta expresa que Quadratín Guerrero hizo de cómo están asociadas las enfermedades cardiovasculares con la pobreza, Jordán Ríos señaló que la pobreza multiplica los riesgos.
“Los desenlaces cardiovasculares son peores en aquellos estratos más bajos de la población, porque se enfrentan a barreras geográficas, económicas y culturales, esto significa más muertes prematuras y mayor impacto social y económico”, advirtió.
Llamó a diseñar políticas públicas que respondan a la realidad de las comunidades más vulnerables, ya que recordó que las enfermedades crónicas no transmisibles ya representan el principal reto de salud en México hacia el 2050.
“La salud cardiovascular no debe atenderse sólo en la edad adulta, sino desde la infancia, con educación, prevención y acceso a servicios”, subrayó.
Mujeres: reto de la atención con perspectiva de género
En el mismo encuentro, la especialista Jennifer Ann Swain Saint Martin destacó que las enfermedades cardiovasculares son la principal amenaza para la vida de las mujeres, superando al cáncer de mama, aunque sólo una de cada cinco percibe este riesgo.
Subrayó que el infarto representa el 60 por ciento de las muertes cardiovasculares femeninas y que, a diferencia de los hombres, las hospitalizaciones por infarto en mujeres jóvenes van en aumento.
“Un infarto en una mujer menor de 55 años puede duplicar el riesgo de muerte frente a un hombre de la misma edad y además significa una pérdida de años de vida productiva con impacto familiar”, explicó.
La especialista advirtió que las mujeres enfrentan un peor pronóstico tras un evento cardíaco debido a varios factores como mayor carga de comorbilidades, síntomas atípicos que confunden el diagnóstico, retraso en acudir al hospital y menor acceso a terapias invasivas y tratamientos basados en guías.
También denunció que menos del 30 por ciento de las mujeres son incluidas en ensayos clínicos, lo que limita la evidencia disponible y por tanto, opciones de tratamientos alternativos.
Entre los factores de riesgo específicos de sexo, la doctora mencionó la menopausia prematura, la diabetes gestacional, los trastornos hipertensivos del embarazo, la endometriosis y el síndrome de ovario poliquístico, todos ellos poco considerados en las evaluaciones de riesgo.
“Cuidar el corazón de las mujeres es cuidar también el futuro de nuestras comunidades”, afirmó.
Al final, insistió en que es necesario cerrar la brecha de género en prevención, diagnóstico, tratamiento y rehabilitación.




