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CIUDAD DE MÉXICO, 20 de febrero de 2016.-Umberto Eco tenía 48 años de edad cuando alcanzó la fama internacional tras la publicación de la novela El nombre de la rosa, que, convertida en película, conquistó el mundo. Pero muchos años antes el filósofo ya se había construido un brillante perfil académico que mantuvo hasta el final. La literatura y la academia fueron sus dos grandes pasiones, en las que dejó un legado de importantes contribuciones.
Su primer ensayo lo publicó en 1956, a los 24 años de edad, y fue sobre Santo Tomás de Aquino; dos años antes había empezado a trabajar en programas culturales dentro de la RAI, y entre 1962 y 1965 fue profesor agregado de Estética en las universidades de Turín, primero, y Milán, después.
Al otorgarle el premio Príncipe de Asturias 2000, el acta del jurado destacó su calidad intelectual “en el ámbito de la comunicación y las humanidades, donde sus trabajos, de universal difusión y profundo influjo, son ya clásicos en el pensamiento contemporáneo. Asimismo ha tenido en cuenta la doble dimensión de su quehacer, como destacado semiólogo y analista crítico en los medios de comunicación”.
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